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Las nuevas viejas librerías (El precio único del libro)

Arturo Ahmed Romero

México no es un país de lectores y no estamos dando todos los pasos necesarios para serlo. Los problemas que encuentra el libro son enormes, desde la falta de una verdadera Ley General del Libro que pueda ayudar al mejor crecimiento del sector, la posible cancelación de la “tasa cero” para el libro, el problema de la distribución, etcétera. Pocos son los optimistas, más son los que se preparan para una batalla cada vez más ardua entre editoriales y librerías para quedarse con la rebanada más grande del pequeño pastelito que es el público lector.

Una de las ideas que han sonado, una idea inglesa de origen pero aplicada hoy en día en varios países de la Unión Europea (Alemania, Francia, España), es la de precio fijo en el libro. Evidentemente la propuesta por si sola es incapaz de transformarnos de la noche a la mañana en un país con un amplio público lector, menos aún de alcanzar en volumen la vida editorial de España. Sin embargo, conociendo sus limitaciones, el precio fijo o precio único del libro podría ser un estímulo importante para el libro en México.

El libro hace convivir en torno suyo a distintos sectores, con distintos intereses. Tenemos primero al autor, sea un laureado literato o un académico, sea un autor de best sellers o de libros técnicos. Tenemos también a las editoriales o grupos editoriales, dónde cada vez son menos las pequeñas. Tenemos a los distribuidores mayoristas y tenemos, por fin, al librero. El precio fijo en el libro beneficiaría a toda la cadena productiva y en particular a librerías y lectores.

El precio fijo o único, como su nombre lo indica, consiste en homologar los precios del libro, de tal forma que un libro tenga el mismo precio si lo compras en una librería o en cualquier punto de venta, en la Ciudad de México, en Guadalajara o en cualquier ciudad o pueblo de la república. De tal manera que una librería grande o un supermercado, que tienen la capacidad de aplicar mayores descuentos, se vean obligados a vender sus libros al mismo precio que una pequeña librería.

Una primera revisión, superficial, de esta propuesta podría preocupar al lector. ¿Porqué ha de negársele un descuento? ¿Que acaso un precio competitivo del libro no ayuda a difundir la lectura? ¿No es esto una propuesta antiliberal, que limita la libre competencia? Para responder a estos interrogantes es preciso entender que el libro no es una mercancía como cualquier otra.

El libro es una mercancía, se produce, se distribuye y se vende, dejando una utilidad como cualquier otra mercancía. Sin embargo el libro es distinto de todas las demás mercancías por una serie de consideraciones que tal vez parezca prejuicios a los ojos de algunos. En primer lugar el libro es un difusor de ideas, claro, hay libros banales o superficiales, no todo lo que se publica es un tesoro del saber, pero negarle al libro el papel central que tiene como medio para el debate y la difusión de las ideas equivale a negarnos como país la capacidad de ser cultos, de entrar a la arena del conocimiento.

En segundo lugar, cada título es un prototipo. Mientras que el consumidor puede escoger entre dos marcas de shampoo por su precio, sabiendo que en cualquier caso se llevará un producto funcional, el lector (el consumidor de libros) no tiene los mismos criterios para elegir entre un libro de Cortázar o uno de Rulfo. De tal manera que las librerías se ven obligadas a tener un amplio surtido de libros, muchos de los cuales son de baja rotación pero de un valor literario innegable, y sobrevivir de la venta de best sellers, libros de texto u otras ediciones de mayor circulación.

Entendiendo estos dos puntos, expliquemos que un supermercado, por ejemplo, puede aplicar un descuento enorme a los libros, recuperándose en la venta de otros productos. Sin embargo, por el carácter de dichas cadenas, pocos pueden suponer que les interesará tener a Wittgenstein o a Sartre en sus pasillos. Tendrán, eso sí, muy baratos, los best sellers y los libros de los que hablábamos dependía el librero para mantener su librería, donde sí podremos encontrar libros que no por su baja rotación dejan de ser indispensables para la vida cultural de nuestras tierras.

Una ley del libro que tenga entre sus ejes el precio único del libro permitiría a las librerías pequeñas competir en verdadera libertad tanto con las librerías más grandes como con los supermercados u otros tipo de establecimientos. La competencia se daría por el servicio, la cantidad de títulos y la calidad en el trato al cliente.

México ha visto cerrar cientos de librerías en las pasadas dos décadas. El precio fijo del libro podría ser, junto con otro tipo de estímulos, el inicio de la recuperación de las librerías. No solamente las grandes cadenas, que tienen un papel importantísimo, sino de las pequeñas librerías, las librerías de barrio, las librerías como centro de reunión del público lector. Pasemos los ojos por Francia, por España, y preguntémonos si no sería deseable en nuestro país un reflorecimiento de la librería de barrio, concepto en desuso hoy en día.

¿Pero qué beneficios tendría el lector, y más allá, la difusión de la lectura, del precio fijo y del renacimiento de las librerías? En España el precio fijo ha permitido que baje el precio real del libro, a diferencias de los “descuentos”. Al existir una red de librerías y una mayor distribución de libros, mayores tirajes, las editoriales, que son las que fijan el precio del libro, pueden bajar el precio unitario.

Las editoriales pequeñas, que normalmente son las únicas que se atreven a lanzar escritores desconocidos o jóvenes, tendrían un lugar dónde vender su producto, que nunca sería distribuido por una cadena de supermercados. Javier Marías escribía en El Semanal de España que sus primeras novelas jamás se habrían publicado de no existir el precio fijo. Preguntémonos cuantos nuevos Javier Marías, Vicente Huidobro o Salvador Novo mexicanos se quedan en el tintero.

Otro efecto positivo de dicha ley sería el aumento de la venta por impulso. Sabiendo que un libro, como un periódico o una revista, se consigue al mismo precio en cualquier lado, el futuro lector se encontraría invitado a comprar aquel título que lo seduce desde la vitrina de la librería por la que pasa cada día. El libro tiene que encontrar a su público, y una mayor red de librerías definitivamente lo ayudaría en ese sentido. El problema de fondo relacionado con el precio fijo no es en ningún sentido estar en contra de los grandes almacenes, ni en contra de las grandes librerías; es la defensa de un modelo que no está pensado para premiar a los pequeños sino para impedir una guerra temporal de descuentos que, simplemente, los condena a desaparecer. Bajo una óptica confusa se nos ha hecho pensar que el modelo norteamericano, donde efectivamente no existe el precio fijo del libro, es el que debemos seguir en todos los rubros, cultural, económico, político. Pero la historia de nuestro país nos indica claramente que no es así. Nuestro gobierno y sus instituciones vienen del modelo francés de democracia, bastante diferente del norteamericano, por dar un ejemplo. Pero la cosa no es cambiar un modelo de desarrollo por otro, o copiarle a unos en el afán de tener la originalidad de no copiarle a los primeros. Hace falta evaluar y conocer las condiciones de nuestro mercado editorial, completamente distinto tanto del estadounidense como del francés o el español. Bajo la luz de ese análisis, si bien somero, es la opinión de quién escribe que México podría verse beneficiado del precio único, al permitir éste el nacimiento de una red de librerías y, con esto, una mayor distribución, una oferta editorial más plural y diversificada, propiciando así, un contacto más cercano entre el lector y el libro.

Titulé este artículo “Las nuevas viejas librerías”. Resultaría innecesario y triste hacer un recuento de las librerías que, a pesar de lo mucho que habían aportado a la cultura mexicana, han cerrado sus puertas, condenadas por el desinterés del público en convertirse en público lector. Al leer los artículos que consulté para redactar estas palabras encontré varias veces la figura del viejo librero sabio, que ordena sus libros, que conoce los materiales que vende. No se trata de un mecenas de la cultura ni de un santo. Tampoco de un mercader ambicioso o un banquero de las obras literarias. El librero es una persona honesta que, sin voluntad de martirio, escoge el campo del libro por un cierto amor a éste por el virtuosismo de muchos años. De darse un resurgimiento de las librerías en México habría de crearse a estos viejos libreros a partir de los jóvenes que emprendan hoy la tarea de volverse libreros. Habrá que habituar al mexicano a ir a la librería. Pero podrían surgir, tienen que surgir, de nuevo en México una red de librerías, estos nidos de la cultura y la libertad de expresión. Y así tal vez nuestros nietos puedan caminar por Paseo de la Reforma, saliendo y entrando a las librerías que hoy no hay ahí, y sonriendo a los jóvenes de hoy que, convertidos en viejos, recomendemos a nuestros clientes las últimas novedades editoriales o los textos más eruditos en un México diferente.


Arturo Ahmed Romero es vicepresidente de la Asociación de Libreros Mexicanos, AC, y director académico del Instituto de Desarrollo Profesional para Libreros, SC


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Haga clic aquí para leer el artículo de Ricardo Nudelman en Reforma (28 de junio, 2008).
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