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Leer aumenta su vocabulario, Doctor. Bernardo Bolaños Una iniciativa de Ley de fomento a la lectura y el libro fue aprobada en el primer semestre del 2006 por el Senado y la Cámara de Diputados mexicanos. En vez de ser publicada, el primero de septiembre de ese año el Presidente de la República, Vicente Fox, la regresó al Congreso, con comentarios. La ley había sido impulsada por editores, libreros, escritores y por las autoridades culturales y educativas del gobierno federal. El proyecto pretendía incentivar la creación masiva de librerías pequeñas y medianas en todo el territorio nacional a través, principalmente, de una medida: la estandarización de precios de un mismo libro en todas las librerías, estandarización que eliminase el poder de los grandes grupos de libreros y distribuidores de controlar el mercado a través de agresivas políticas de descuentos. Lejos de ser una ocurrencia local, sistemas de precios únicos del libro están vigentes en Japón, Alemania, Austria, Dinamarca, España, Francia, Grecia, Holanda, Hungría, Noruega, Suiza y Portugal. Implementar dicho sistema en México tenía como propósito enfrentar una crisis mayúscula en la industria editorial y fomentar la lectura. Según el Atlas de infraestructura cultural de México,1 el país cuenta solamente con 1,100 librerías, el 94% de los municipios mexicanos no tiene siquiera una y el 40% de las existentes se concentran en la Ciudad de México. Una iniciativa interesada Una de las preguntas que han sugerido los opositores al proyecto de ley es: ¿Alguien es tan ingenuo como para creer que la ley pudo haber sido promovida desinteresadamente por autores, editores y libreros? En efecto, la Comisión Federal de Competencia (COFECO) ha señalado que… “con el establecimiento de un precio único, los editores e importadores tendrían incentivos para garantizar sus márgenes de ganancia y establecer precios altos en perjuicio de otros participantes de la cadena productiva y de los consumidores finales. En otras palabras, el precio único tiene como objeto proteger algunos agentes de la cadena productiva, pero a costa de suprimir los beneficios que los consumidores obtienen del proceso de competencia y libre concurrencia: menores precios, mayor calidad, y mayor disponibilidad y variedad de productos”.4 Ahora bien, si el primer objetivo de una actividad comercial es por definición un afán de lucro, por lo tanto, constatar que el proyecto de ley de precio único busca garantizar utilidades a los editores no es por sí solo un argumento válido. Máxime cuando la propia COFECO ha reconocido que la industria editorial mexicana se encuentra en crisis (y, a la luz de la cifras disponibles, no podría no haberlo reconocido).5 Un argumento válido sería, en caso de estar fundado, la supuesta afectación a “otros participantes de la cadena productiva” y a “los consumidores finales”, pero no la existencia de intereses comerciales en la mente de editores e importadores. Curiosamente, otros dos participantes de dicha cadena como lo son libreros y autores son en su enorme mayoría entusiastas promotores de la ley. ¿Una iniciativa que fomenta la lectura? Las preguntas pertinentes parecen ser, entonces, si la iniciativa de ley fomenta realmente la lectura o no, si perjudica o no a los consumidores y, por qué no, si beneficia a la industria editorial, como parece reconocerlo a veces la COFECO, o si es contraproducente, como pensaría un economista neoclásico coherente. En particular, debemos preguntarnos ¿cómo una ley puede pretender fomentar la lectura prohibiendo descuentos en librerías? En un mercado editorial eficiente, el vendedor fija el precio de los libros no solamente en virtud de la demanda sino de la presión que ejercen sus competidores. Cuando una ley prohíbe ofrecer descuentos bajo ciertas circunstancias, los beneficios de la competencia se verán anulados por decreto y el vendedor solamente tomará en cuenta que el precio fijado sea el más alto posible pero sin llegar a inhibir al comprador. Es por ello que, en la teoría económica, la situación de libre competencia se alcanza cuando, junto con la libre circulación de información y la movilidad de compradores y vendedores, ningún agente económico puede fijar unilateralmente precios. Sin embargo, en el caso del mercado editorial mexicano las otras dos condiciones necesarias de la libre competencia han quedado prácticamente suprimidas (por diversas razones, entre las que han sido señaladas: el voluntarismo editorial del Estado Mexicano, el centralismo económico y cultural en la Ciudad de México, la política de sustitución de importaciones que subsidio a la industria del papel en perjuicio de la exportación de libros mexicanos, los subsidios a las editoriales españolas por parte del Estado Español, entre otras).8 No existe en México, por ejemplo, una movilidad equitativa de los compradores de libros hacia donde les dicte su conveniencia, pues, como hemos visto, la enorme mayoría de las librerías del país se encuentran concentradas en el sur del Distrito Federal y existe un déficit de puntos de venta en el resto del país. Cuando la COFECO pretende actuar en beneficio del lector-consumidor, defiende a ese lector-consumidor que compra sobretodo en el sur de la Ciudad de México y que la propia COFECO reconoce como una Rara Avis. En cambio, los lectores-consumidores potenciales que se verían beneficiados con la promulgación de la ley son afectados cuando la iniciativa es rechazada. No se justifica sacrificar a un gran número de personas que hoy no tienen acceso a librerías en nombre de algunos consumidores actuales, incluso si se aduce que los segundos no son individuos hipotéticos sino reales que gozan ya de beneficios (porque, de aplicarse ese argumento, el derecho ambiental, por ejemplo, tendría que sacrificar los derechos de las futuras generaciones para favorecer exclusivamente a las personas concretas y reales existentes hoy día). La COFECO defiende los derechos de los lectores en un mercado editorial raquítico, en vez de contribuir a superar la crisis de la cadena del libro y generar más lectores. Ahora bien, es claro que si se creasen las condiciones para aumentar el número de lectores en México, éstos no serían consumidores contra su voluntad sino que estarían satisfaciendo preferencias que hoy no pueden ni siquiera revelar. ¿Por qué no defender hoy los derechos de quienes no pueden ser lectores pero querrán serlo? ¿No consiste en eso una política de fomento a la lectura: la creación de nuevos lectores? Economistas, editores e historiadores: Hablar sin comprenderse El debate mexicano sobre la ley del precio único ha sido avivado por la mutua incomprensión. Cuando los economistas se refieren a la protección de la libre competencia como un postulado fundamental de la teoría económica, los involucrados en la industria editorial piensan en las guerras de descuentos que han producido la muerte concreta y rápida de miles de librerías. Cuando los primeros se refieren al mercado editorial, los segundos prefieren hablar de la cadena del libro. En dicha disputa por los términos, los historiadores de la lectura darían la razón a los segundos. No ha sido gracias a la competencia libre entre libreros como Occidente consolidó la práctica de la lectura, sino construyendo espacios públicos editoriales, arenas de discusión centrada en el análisis de toda suerte de textos puestos a disposición del público. Las bibliotecas han sido espacios colectivos donde se practicó, desde la edad media, la lectura silenciosa y a éstas siguieron los salones de las aristocracias europeas donde, además, se discutían los textos. La creación de espacios públicos literarios fue tan importante que el historiador Roger Chartier afirma la preeminencia de la historia cultural sobre la historia política: el espacio público literario en Inglaterra y Francia fue anterior al espacio público político.9 Las sucesivas revoluciones de la lectura fueron anteriores a las revoluciones burguesas que nos heredaron la democracia constitucional tal y como la conocemos actualmente. Y si la consolidación de espacios públicos literarios a nivel nacional hicieron posible la opinión pública y precedieron a los modernos estados constitucionales, también fueron anteriores a la sociedad industrial. El libre mercado de las ideas que se consolidó progresivamente gracias a movimientos culturales como el Renacimiento, la Reforma y la Ilustración dependía de la vigencia efectiva de la libertad de expresión escrita, antes que del respeto al dogma económico del Laisser faire, laisser passer. Pero ni siquiera es necesario remontar tanto tiempo en la historia, los padres fundadores de la economía neoclásica en el siglo XIX sabían que el libro y la lectura desafiaban las visiones simplistas y esquemáticas acerca de la utilidad.10 1 Editado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA), México, D.F, 2003. 2 Miguel Ángel, Porrúa, “Algunas apreciaciones en torno a la iniciativa para la Ley de fomento para el libro y la lectura (El precio único)”, A pie. Crónicas de la Ciudad de México, año 4, número 12, junio/agosto 2006, p. 107. 3 “Después se buscarán beneficios fiscales para esa industria, dijo senador priista”, periódico La Jornada, 27 de abril de 2005. 4 El Universal, 15 de noviembre del 2005. El texto completo del oficio PRES-10-096-2005-104 de la CFR puede leerse en la página electrónica de la institución: http://www.cfc.gob.mx. 5 “Coincidimos con el diagnóstico de los legisladores y de la Cámara de la Industria Editorial en que hay un problema muy serio con la lectura en México”. Declaración de Ángel López Hoher, coordinador de asesores de la CFC. Canal 11, Noticias con Gabriela Calzada, 07:13 hrs. Consultable en: http://www.cfc.gob.mx. 6 “Capitalism is the astounding belief that the most wickedest of men will do the most wickedest of things for the greatest good of everyone”. Citado por Charles Handy en “What´s a Business For”, en Harvard Business Review on Corporate Responsibility, Boston, 2003, p. 68. 7 Se trata del célebre artículo de Friedman titulado “La responsabilidad social de los negocios es aumentar sus ganancias”, publicado en The New York Times Magazine el 13 de septiembre de 1970. 8 De acuerdo con José María Espinasa, coordinador de producción editorial de El Colegio de México, “La crisis de la industria editorial mexicana comenzó en los 70, cuando la guerra de descuentos entre las grandes librerías sacó a las pequeñas casas editoriales del mercado”. Reportaje de Alberto Arriaga, “El pago por leer”, en Expansión, 7 de septiembre de 2006, p. B202. 9 Cue, Alberto (edición), Cultura escrita, literatura e historia. Coacciones transgredidas y libertades restringidas. Conversaciones de Roger Chartier con Carlos Aguirre Anaya, Jesús Anaya Rosique, Daniel Goldin y Antonio Saborit, Fondo de Cultura Económica, México, D.F., 1999, p. 96. 10 Cf. Jevons, William Stanley (1881), « The Rationale of Free Public Libraries », Contemporary Review, 39, marzo; reimpresión en William Stanley Jevons (1883), Methods of Social Reform and Other Papers, Augustus M. Kelley, Nueva York, 1965, pp. 28-52. Jevons es, a partir de la publicación de su Teoría de Economía Política de 1871, uno de los tres padres fundadores (junto con Carl Menger y Leon Walras) de la teoría de la utilidad marginal que da lugar a la llamada revolución neoclásica en economía. 11 Los artículos de Gabriel Zaid publicados a partir de 2005 en Letras Libres, entre otras publicaciones, así como otros artículos pueden consultarse en: http://www.leydellibro.org.mx/opiniones.shtml
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