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Abrochen sus cinturones… Sandro Cohen Pensé que, con el tiempo, menguaría mi enojo frente al veto presidencial de una de las mejores leyes aprobadas, con mayoría abrumadora, por nuestro Congreso: la Ley para el fomento de la Lectura y el Libro. Pero cuanto más lo pienso, más nefasto me parece. No sólo eso: es una cachetada en la ya doliente mejilla de la democracia mexicana, la cual confirma que no hay que ofrecer la otra sino prepararse para defendernos de lo que viene, y esto no será menos que una ofensiva brutal contra la educación pública y todo lo que nutre al pensamiento analítico y crítico en nuestro país. Es la conclusión lógica a la cual se llega cuando se analizan los argumentos espurios que blandió el Ejecutivo para justificar su burla de la voluntad popular enarbolada valiente e inteligentemente no sólo por el Congreso sino también por la Secretaría de Educación Pública, el Conaculta y toda la cadena editorial desde autores hasta lectores… ¿El precio único violaría las leyes antimonopolio? Al contrario: promovería la diversidad de oferta. ¿Encarecería los libros? Falso: podría haber un desajuste momentáneo, pero al desaparecer los descuentos ficticios, en la gran mayoría de las librerías bajarían sensiblemente los precios en el mediano plazo. ¿Que la Ley del Libro no permitiría a los lectores tener acceso a los mejores precios en las librerías más competitivas? ¡Cuáles! El año pasado había unas 500. ¡Una para cada 200 mil habitantes!, lo cual nos pone por debajo de los países más pobres. Y México no es pobre… El argumento de proteger al lector en su búsqueda de los mejores precios es el más cínico de todos. Con las leyes como están, van desapareciendo librerías como si las azotara una plaga. Simplemente no pueden sobrevivir al capitalismo salvaje aplicado a bienes sociales, como el libro. Esto lo sabían los economistas de derecha cuando recomendaron que la nueva Ley se vetara. Lo que desean es que los libros se vuelvan algo tan exquisito que sólo piense en ellos la gente que puede comprarlos en España o Estados Unidos, Francia o Inglaterra. El resto del país, lo que llamamos pueblo… ¡que se joda! “Total, son nacos. ¿Para que necesitan libros? Que vean la tele y trabajen”. Éste es el razonamiento que priva entre muchos de quienes llevaron a Felipe Calderón a la presidencia. “¿Para que invertir en educación? —continúa esta lógica—. ¡Son patarrajadas! Si se preparan, costará más emplearlos, pedirán más prestaciones, se volverán más difíciles de controlar”. Resulta que el libro es instrumento central en cualquier proyecto educativo. ¿O usted cree que es accidental que nuestras 7 mil 500 bibliotecas municipales sobrevivan apenas, y en la casi total inopia, sin resurtidos importantes en los últimos 20 años? Pero a falta de bibliotecas, está la posibilidad —cada vez más lejana— de comprar libros. Desgraciadamente, para la vasta mayoría de los mexicanos, esto es un sueño imposible. ¿Usted cree que es por accidente? Abrochen sus cinturones. El próximo sexenio será turbulento. Y lo será porque la gente ya no permitirá que atropellen sus sueños de tener un país mejor, y no sólo para los ricos. Y ojalá que todos tomemos cartas en el asunto. No nos hace falta ningún caudillo. |
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