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Literatura erótica

Pocas personas discuten hoy en día el enorme poder que tiene la palabra, las imágenes que evocan los textos escritos en nuestra mente y su capacidad para impulsarnos a realizar nuevas experiencias. Los libros eróticos, aquellos que narran experiencias sexuales de algún tipo, tienen un origen muy antiguo. Resulta común a todos ellos que, en la mayor parte de los casos, han sido duramente perseguidos y sus autores han sufrido las consecuencias. Eso es buena muestra del miedo que suscitan entre aquellos que reniegan del sexo y de sus placeres.

En la actualidad, ahora que afortunadamente nos encontramos a salvo de castigos de inquisidores o trabas de censores, la influencia de la literatura erótica se ha desvelado como una herramienta de gran utilidad para levantar pasiones dormidas, o experimentar nuevas formas de gozar con el sexo que, tal vez ni se nos hubieran ocurrido por nosotros mismos.

Es lógico, si pensamos que el calentamiento corporal y sexual comienza siempre por la cabeza y que nuestro cerebro y la imaginación son las zonas erógenas por excelencia. Leer induce a la formación de imágenes excitantes, a fantasear y a recrear situaciones en las que, de una manera o de otra, nos vemos involucrados. Las novelas eróticas describen encuentros que estimulan ese deseo y hace recobrar las ganas del más gélido de los mortales.

Conocer a través de un libro ciertas prácticas sexuales que tal vez anhelamos en secreto, pero pensábamos que eran perversiones nuestras sin mayor recorrido, pueden hacernos eliminar los prejuicios anteriores y lanzarnos a la aventura de probarlas.

Lo mismo sucede con determinadas posturas, ciertos actos íntimos que, reproducidos en la literatura se nos hacen familiares, aumentan la creatividad y nos animan a incluirlos en nuestra vida sexual.

En definitiva, romper con la monotonía para incrementar la pasión, leyendo juntos las escenas más tórridas de una novela rica en erotismo, seducción y sexo, puede ser el preámbulo de una velada muy completa en la que los protagonistas de carne y hueso sean capaces de llevar a cabo algunas escenas que ni el más calenturiento de los autores hubiera podido imaginar.