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El aprecio de los libros Rafael Pérez Gay Después de dos años de dudas y debates se aprobó en el Congreso la legislación que prevé un precio único para el libro mexicano. Aún hay voces reconocidas del mundo cultural que se oponen al precio único argumentando que lejos de acercar el libro al lector lo alejará de la orilla de los descuentos. Del mismo modo, algunos legisladores panistas han sostenido que la ley del libro es un modelo contrario al artículo 28 constitucional que prohíbe los monopolios y que su vigencia afectará la libre competencia y, por tanto, a los consumidores. Se trata del mismo argumento que esgrimieron aquellos a quienes se les pusieron los pelos de punta al encontrarse ante una opción al margen de las doctrinas del mercado y evaluaron el consumo de libros como si se tratara de televisiones o zapatos. Creo que quienes se opusieron a la nueva ley se equivocaron entonces y también ahora. Ciertamente sería extraño que todos los zapatos y todas las televisiones costaran lo mismo en todas las tiendas. Poco o nada habituados a la diversidad del libro entendido como una extensión de la memoria, como un instrumento único e irrepetible, algunos expertos consideraron que eliminar los descuentos en los libros ofendería la competencia. La concentración del mercado en las grandes librerías que acaparan al público imponiendo a los editores descuentos sin reducir sus ganancias está muy lejos de fomentar la lectura; más bien al contrario, para reponerse de los golpes del descuento, las casas editoriales aumentan el precio de los libros cuando lo fijan en la lista, antes de salir a la venta. Como resultado, el descuento es mucho menor de lo que el comprador percibe, cuando no inexistente, y una simulación desprendida de la ventaja que consiste en adquirir volúmenes mayores comprando más barato. Desde hace tiempo, Fernando Escalante Gonzalbo ha explicado el asunto con claridad. Traigo dos párrafos de su ensayo A la sombra de los libros y lo cito para no parafrasearlo mal: “El mercado editorial es singular como mercado porque cada libro es único, es decir, no hay un producto genérico ni pueden ofrecerse similares: nadie compra sencillamente un libro, nadie escoge directamente el que cueste menos. Eso significa que a los compradores no sólo les interesa que haya libros más baratos sino que haya los que está buscando (…). El sistema de precio fijo evita algunas de las distorsiones del actual mercado del libro. Es uno de los poco recursos prácticos para que subsista por lo menos alguna pluralidad en la oferta, porque protege a las librerías tradicionales que no pueden competir, que de hecho tienen que ser sacrificadas para mantener el simulacro de los grandes descuentos”. La ficción del precio libre, es decir, que un mismo ejemplar cueste más en una librería y menos en otra, favoreció a los grandes consorcios editoriales, pienso en Planeta, Santillana y Random House, que publican numerosas novedades y cuyas arcas les permitieron ofrecer grandes descuentos. Las editoriales pequeñas no pueden proponer rebajas significativas y las librerías grandes no se interesan por su papel impreso; en consecuencia, sus libros no le conciernen al público. Y si esos libros de tirajes cortos y venta pausada no se venden en esos almacenes, no se venderán en ninguna otra parte. El asunto deja de ser un enredo competitivo para convertirse en un serio problema cultural. El mercado privilegia las novedades y los grandes tirajes rebajados, lo demás no existe. El presente perpetuo y el dominio absoluto de los oligopolios editoriales, de eso está hecho en nuestros días el mercado, nada parecido por cierto al horizonte de competencia, crecimiento y variedad que pretenden alcanzar quienes se oponen a la ley del libro. No en balde, desde hace tiempo Francia, Alemania y España adoptaron el precio único del libro (entiendo que los ingleses lo suprimieron y estudian ahora la forma de regresar a él). En realidad, estos gobiernos decidieron preservar la diversidad editorial y, al mismo tiempo, impulsar el crecimiento de un sistema librero. A pesar de las grandes cadenas, en Alemania hay no menos de 7 mil librerías, lo mismo que en Francia, en España unas 5 mil. En México no hay más de mil 373 librerías y puntos de venta, incluyendo almacenes como Sanborns y la red Educal que pertenece al Estado; cada vez hay menos librerías y menos editoriales pequeñas, menos diversidad y menos condiciones para el consumo múltiple de bienes culturales. Aunque el precio único no curará todos los males mayores de nuestra industria editorial, quizá colabore en algo a impedir que esos males avancen. Al final se trata de diferenciar entre el precio de y el aprecio por los libros. |
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