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Librerías: la amenaza, la oportunidad y la ley
Hoja por Hoja (julio de 2004)

Enrique Richter

Los libreros mexicanos tienen ¾como el resto de sus coetáneos en el mundo editorial¾ carencias acuciosas y retos crecientes; en este texto se analizan algunas de las debilidades y fortalezas que tienen las librerías y se llama a trabajar por una ley del libro que amengüe los males de este gremio.

Una de las principales etapas en el análisis de un mercado consiste en la detección de sus fortalezas, oportunidades, debilidades y amenaza (análisis FODA, como se lo conoce en mercadotecnia). Si bien a veces se abusa de esta herramienta, pues sus conceptos pueden sonar grandilocuentes y un tanto abstractos, lo cierto es que ayuda a describir momentos particulares de cualquier actividad económica. Aunque haya quien piense que el mercado de las librerías en México ya está consolidado, y que un estudio de estas características podría resultar poco provechoso, la tesis que aquí se defiende es que sólo conociendo estos rubros puede plantearse una transformación del sector librero que proteja y fomente el desarrollo de los pequeños y medianos establecimientos, que parecen ceder su lugar a las grandes (aunque incipientes) cadenas de librerías.

Presento aquí, de modo sucinto, las debilidades y algunas de las amenazas, fortalezas y oportunidades que enfrentan las pequeñas y medianas librerías mexicanas, seguidas de un breve comentario que señala algunas soluciones y sendas por recorrer.

Las debilidades representan aquellos aspectos internos, de carácter negativo, que podrían ser controlados por las librerías mismas. Entre ellas se cuentan los elevados costos fijos, los inventarios demasiado grandes y los crecientes riesgos empresariales; la escasez de capital de trabajo, el diminuto margen de utilidad y la deficiente capacitación del personal; la falta de un perfil empresarial y de modernización de los activos fijos, así como de sus procedimientos y operaciones; finalmente, la guerra general de precios que reduce los de por sí menguados márgenes de utilidad y que conduce a muchas librerías a su desaparición.

Las amenazas se derivan del entorno en que operan las empresas individuales, de la diferencia que existe entre una situación real y una ideal, y están fuera del control directo de las librerías. Las principales amenazas son la escasez de lectores en el país, la competencia desigual de las grandes tiendas de autoservicio, la competencia desleal por parte de muchas editoriales que venden libros directamente al público —sobre todo en el ámbito escolar—, la competencia estatal a través de la SEP, o la Conaliteg —que compra directamente a las editoriales con grandes descuentos y gratuitamente distribuye esos libros al estudiantado nacional—, la competencia ilegal que se deriva de la venta de libros robados y piratas, así como de la fotocopia de textos, especialmente en instituciones de enseñanza, el nulo apoyo del gobierno a las librerías privadas en materia fiscal y crediticia y, por último, la excesiva producción de novedades de las casas editoras.

Las fortalezas se refieren a desigualdades dentro del sector y contemplan factores o aspectos que pueden hacer competitivamente superiores a cada librería. Entre ellas puede contarse el hecho de que las librerías son entes culturales que, al concentrar un gran número de obras en lugares muy diversos, funcionan como conductoras del conocimiento, la educación, la ciencia y la tecnología. Por otra parte, muchos libreros poseen la experiencia, vocación e interés para capacitarse en materia técnica y humana para mejorar su atención al público lector, además de que cuentan con la capacidad de organizarse en asociaciones gremiales, a nivel nacional o regional, para influir en las decisiones oficiales y privadas que les competen.

Las oportunidades se presentan de manera externa y pueden ser favorables si se aprovechan correctamente. Éstas son, a mi juicio, las más importantes en el momento actual: el uso de nuevas tecnologías, la modernización de los procesos y de la oferta de servicios complementarios a la venta de ejemplares tradicionales (formatos en audio, video o multimedia, libro electrónico, impresión bajo demanda, ventas por la internet, pedidos telefónicos, servicio a domicilio, cafetería, especialización temática o de géneros) y una nueva ley del libro y la lectura en cuya definición participen activamente las librerías para lograr un marco jurídico que considere medidas que las beneficien.

Dada su relevancia, vale la pena detenerse en algunos detalles de esta ley del libro. Tras los avatares que ha tenido que sortear el sector librero y la industria editorial en los últimos tiempos, considero que una renovación de esta ley tendría que incluir cuatro aspectos principales: el comercial, el fiscal, el cultural y el penal.

En lo comercial se requiere establecer el precio fijo único al libro, es decir un precio de venta al público determinado por el editor y que no puede modificarse mediante ofertas o actos promocionales, lo que permitiría una competencia equitativa entre las grandes cadenas de librerías y las tiendas de autoservicio, por un lado, y los pequeños establecimientos, por el otro, y obligaría a todos a mejorar sus servicios e inventarios. También se requiere el apoyo burocrático a empresarios interesados en la actividad librera y en el fomento a la lectura. De igual modo hace falta una campaña oficial de promoción de la lectura y asistencia a las librerías.

En lo fiscal, esta modificación a la ley debe incluir la deducibilidad del IVA de los gastos de las librerías y el otorgamiento de crédito fiscal y financiamiento blando a proyectos viables, incluyendo fondos para capital de trabajo.

En lo referente a lo cultural, la ley debe promover la participación y colaboración de autoridades, editoriales, distribuidores y librerías en todos los programas, campañas y eventos de difusión cultural abocados al fomento de la lectura (ferias, cursos, conferencias, presentaciones de libros, círculos de lectura, etcétera).

Por último, en lo penal, una nueva ley del libro tendría que asegurar el combate efectivo al robo, la impresión pirata y la fotocopia no autorizada; igualmente haría falta el castigo riguroso a quien infrinja el precio fijo estipulado para cada libro.

Del análisis presentado queda claro que los libreros deben hacer mayores esfuerzos para enfrentar sus debilidades y aprovechar sus fortalezas, así como para influir en las resoluciones y medidas que les permitan beneficiarse de sus oportunidades y reducir las amenazas del sector. Se necesita de la buena voluntad de todos los participantes en el mercado del libro —autores, editores, distribuidores y libreros— para hacer menos inequitativa la competencia, e igualmente de la eficacia del gobierno para acabar con la competencia ilegal e imponer un marco jurídico y fiscal que apoye definitivamente al libro. Para que las librerías puedan competir equitativamente, sin que se rompa la cadena de producción y distribución del libro, y sin que se atente contra la pluralidad y profundidad de géneros literarios, se requiere efectivamente un nuevo marco legal.

Insisto: una nueva ley del libro ha de contemplar, de manera primordial, la imposición del precio fijo al libro, que permitirá que la competencia en el mercado se dé a partir del surtido de libros y del servicio y atención al cliente, y no del precio. Esta medida permitirá, además, que la oferta de libros se amplíe y diversifique, ya que le dará a los títulos de lento desplazamiento mayor oportunidad de permanencia en las librerías. Por lo mismo, la oferta editorial se enriquecería culturalmente, alentando la pluralidad y heterogeneidad, y beneficiando a los lectores y, en última instancia, a la sociedad en su conjunto.


Noticias
Haga clic aquí para leer el artículo de Ricardo Nudelman en Reforma (28 de junio, 2008).
Para más opiniones sobre la ley aparecidas en la prensa mexicana, haga clic acá.
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