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Defender al libro Alberto Ruy Sánchez Es casi increíble que en México nos veamos de nuevo obligados a defender al libro. Y que además haya sido un presidente quien decidió de nuevo atacarlo. La noticia fue retomada en Europa y especialmente en los países más desarrollados. Contradijo la que circuló casi un año antes, cuando se había aprobado en las cámaras de Senadores y Diputados una Ley de Fomento a la Lectura y al Libro que incluía entre sus ventajas un mecanismo de control de precios que allá ha sido experimentado con éxito desde hace muchísimos años. Aquel entonces, la imagen de México y de Vicente Fox (aunque no era su mérito), se fue para arriba de una manera inesperada y seguramente hasta desatendida por el propio gobierno. Cuatro periódicos, en Alemania, Francia, Noruega y Austria consideraron que México estaba seriamente decidido a entrar en una nueva era. Fue uno de los momentos de mejor imagen internacional del sexenio de Fox. En todos los festivales literarios internacionales y en todas las universidades donde di seminarios o conferencias, lo mismo en Asia que en Europa y hasta en el norte de África, comprobé que los medios enterados festejaban lo acertado de la medida. “México se ha decidido a avanzar, ahora sí seriamente”, me dijo el rector de una universidad europea. Me sentí obligado a aclarar que esta Ley tendría todavía que pasar por las manos del presidente. Que él está rodeado, en las secretarías de Economía y Hacienda, de economistas mal preparados, que estudiaron en manuales, que con frecuencia son el hazmerreír de los economistas internacionales y que han pasado de puestos técnicos a lugares donde se toman decisiones sobre el desarrollo del país. Me preguntó si se trataba del gobierno panista. Le expliqué que esos técnicos trabajan para cualquier gobierno. Que estuvieron ahí durante el priismo, que otros similares están igual de colocados en el perredismo, pero que en el gobierno de Fox han “caído en blandito”. Todo dependerá de a quién decida escuchar el presidente. Tiene colaboradores muy preparados y otros mediocres, pero él no se da cuenta de la diferencia. Ahí el rector me citó una frase de quien dirige los estudios de edición en la prestigiosa Universidad de Barcelona, Pompeu Fabra. Jordi Nadal asegura que la Ley del Precio Único, por su propia complejidad, se ha convertido en una especie de prueba psicológica que, según la respuesta que se tenga ante ella cuando se le conoce, muestra la estructura mental de las personas. Que es como el dinero, uno de esos asuntos que despierta en la psicología grandes inquietudes y reacciones significativas. Le dije que en México, además del dinero, el libro, por ser un objeto excepcional y lleno de significados simbólicos, despierta reacciones alérgicas en muchos de esos economistas que quieren juzgar todo parejo con su verdad de manual a tabla rasa. También le dije que no faltaría quien, conociendo la debilidad humana, aprovecharía el hecho de que esta ley fue masivamente aprobada por los legisladores para ponerle al presidente una oportunidad de contradecirlos, una pequeña venganza porque no han dejado que muchas de sus iniciativas hayan sido aprobadas. Nunca se dio cuenta de que las cámaras de Senadores y Diputados rechazaron muchas de sus iniciativas por la manera en la que esos mismos economistas medianitos las prepararon y defendieron. Con una dosis de certeza guerrera, con una actitud de tener la verdad porque el manual, que explica los conceptos que están en un libro que ellos no han leído, dice que las cosas deben ser así. Las comisiones de Hacienda se han vuelto extrañamente poderosas agudizando y haciendo crecer las diferencias partidarias. Hacienda y Comercio fueron decisivos en muchos de los fracasos legislativos de Fox. Para la Ley del libro, le expliqué, la posición oscurantista que trata de influir en la decisión del presidente viene de una oficinita donde hay un profesor que todos sus alumnos describen siempre como uno de los peores que han tenido. Un hombre que en el caso de esta Ley se negó a examinar los dictámenes de las Comisiones de Competencia de varios países europeos para leyes similares. Que se negó incluso a recibir físicamente los documentos cuando se le presentaron. Y que en un gesto más digno de novela de Balzac que de la triste realidad que es la nuestra, con la boca llena de grandeza afirmó: “Si yo hubiera estado en cualquiera de esas comisiones esa ley hubiera sido rechazada”. El rector me dijo, “en efecto, un personaje digno de pasar al psicólogo. ¿Ni siquiera se preocupó por leer los dictámenes o las otras leyes que ya estaba él rechazando?” No sólo eso, le conté que nuestro personaje se negó incluso a examinar la evidencia de la baja del precio en los países donde la ley se aplica y el aumento en los países donde no. El rector, y todos en la mesa, no salían de su asombro. “Por lo visto, la realidad no es algo que le guste”. Su esposa añadió, “...sobre todo si la realidad corre el peligro de contradecir sus creencias y certezas. Acá tenemos también algunos así. Pero están en lo que queda del calvinismo más intransigente. Desean tener razón más que mejorar las cosas”. Ella, que es historiadora de las culturas y de las religiones específicamente, señaló que muchas de las teorías económicas actuales, que ella considera mal llamadas neoliberales porque es un eufemismo, “tienen su origen en la Reforma Luterana de la iglesia europea que impuso estándares asépticos como fórmula de organizar y darle sentido a la vida. Y que resultó después algo muy práctico en todos los campos: funcionar por modelos depurados es una tecnología que se aplica desde la fabricación de los primeros Ford y los hoteles Hyatt hasta Mc Donalds y Microsoft. Lo malo es cuando estas prácticas se convierten en dogma teórico, porque se vuelven el fast food, la comida chatarra de los economistas perezosos”. Alguien más dijo, “eso es conceder mucho pedigree a los nuevos censores, se trata simplemente de funcionarios más dignos de estar en el gobierno de Chávez en Venezuela que en el de Fox”. Todos se rieron, menos yo. Otro de los comensales aseguró que el presidente mexicano no se dejaría influir por un personaje así. Les conté que, en efecto, Fox había cambiado mucho y que había hecho cosas importantes por el libro creando bibliotecas de todo tipo, públicas y escolares. Que incluso le habían vendido la afortunada idea de hacer campañas buscando hacer de “México un país de lectores”. Pero que años antes, había comenzado su gobierno atacando al libro por seguir los consejos de sus economistas medianos que querían aplicar una política de impuestos justamente al estilo calvinista descrito por la señora, y como dicen los manuales, parejita para todos hasta en la tasa de IVA. Un chileno en la mesa recordó: “Eso en mi país se llamó La ley Pinochet del libro: le pusieron diecinueve por ciento más a los libros y se volvieron incomprables. Era más fácil y barato que prohibirlos o quemarlos. Fueron los Chicago Boys, marcadamente luteranos, quienes lo recomendaron. Ahora el país está muy bien en muchas cosas pero es un desastre en educación y una tragedia al hablar de libros”. Le comenté que en las ferias internacionales los editores chilenos no pueden hacer nada porque son los menos competitivos. Y así la discusión fue derivando en otros temas hasta que, hace unos días corrió como pólvora la mala noticia en las agencias internacionales: el presidente Fox decidió cerrar su ciclo de gobierno regresando a sus orígenes contra el libro. Y la conversación de aquella mesa continúa ahora por correo electrónico. La esposa del rector me escribe: “Lo siento mucho. No por usted sino por su país. Parecía increíble que su presidente se dejara influir por esas voces. Pero, incluso cuando usted afirmaba que él había cambiado, noté una preocupación en su manera de decirlo. Ahora sé por qué. Es siempre asombroso que los oscurantistas de todos los tiempos puedan tener en común ese odio contra el libro”. Para aumentar su asombro le conté que el presidente dijo en público que vetaba la Ley para defender al lector de los intereses de los editores. Aunque parezca increíble, los asesores oscuros lo convencieron de ese evidente contrasentido. “Editores atacando a sus lectores, qué increíble fantasía. Se necesita mucha confusión para creerlo”. Recibo después una carta del rector, por cierto economista. “Lo siento. Que su presidente no sepa que los mecanismos de control de precio han servido para favorecer a los lectores es una vergüenza. Nos cuesta trabajo entender cómo alguien puede haberlo convencido de lo contrario. Eso no habla muy bien de su presidente. Ojalá que con el que sigue no se vean tan desfavorecidos en esa región del cerebro donde escuchar y ver la realidad se conecta con la toma de decisiones. La lectura es fundamental para mejorar la calidad de las conexiones cerebrales. El veto de su presidente representa un retroceso de cien años. Pobre México.” |
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