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Recuperar la Ley del Libro
El Ángel, suplemento de Reforma (18 de febrero, 2007)

Sergio González Rodríguez

Si durante los más de 70 años de presidencialismo autoritario en México y régimen de partido único, los presidentes oficiaron en la esfera pública con una mezcla de solemnidad y cierto lenguaje a veces oracular que había que interpretar, el primer Presidente de un partido alterno, Vicente Fox Quesada, hizo por el contrario de la obviedad y hasta el descaro su mejor arma discursiva.

Desde los primeros momentos de su mandato, Fox Quesada dejó claro su antiintelectualismo y su desconfianza y desdén hacia la letra. En consecuencia, en la recta final de su estancia presidencial emitió su veto a la Ley del Libro que, entre otras medidas, propugna por el precio único, y está dirigida a fomentar el libro y la lectura.

De la mano del dogmatismo de la Comisión Federal de Competencia, el Presidente Fox Quesada vetó la Ley del Libro que tanto la Cámara de Diputados y el Senado habían aprobado, y así reafirmó su aversión a la letra, cuyo episodio más reciente ha incluido el disparate de referirse a Mario Vargas Llosa como un "colombiano" premiado con el Nobel.

Queda claro que lo anecdótico configura lo esencial, y el episodio sería olvidable si no implicara la continuidad de un criterio antiintelectual lamentable y vigente en el ideario y la práctica de la clase política que nos ha regido en los últimos años.

En un artículo excelente acerca del comportamiento de la industria editorial mexicana a lo largo del siglo 20, titulado "El libro y la cultura económica", Gabriel Zaid reflexiona acerca de cuando se fueron los economistas fanáticos de la protección al mercado interno y el Estado editor, y llegaron los fanáticos de la globalización. Entonces, surgieron "dos frases célebres de ilustres economistas (doctorados, uno en Chicago y otro en Yale) que fueron secretarios de Comercio y Fomento Industrial: 'La mejor política industrial es no tener política industrial' (Herminio Blanco), 'La cultura no nos importa' (Jaime Serra Puche)" (Letras Libres, febrero de 2007).

Zaid concluye: "históricamente, la cultura económica viene de la cultura y de los libros. Pero los economistas mexicanos (proteccionistas o globalizadores) no vienen de Cosío Villegas, Keynes ni Hayek. No entienden la cultura ni los libros".

El problema de dicha ignorancia de los economistas mexicanos es que, en nombre de las circunscripciones institucionales, otra de las formas de la medianía burocrática que tanto se premia en México, o bien porque se comparte semejante desconocimiento o incomprensión, entre nuestros recentísimos funcionarios culturales no ha habido uno que haya expresado en forma enérgica su compromiso ante la Ley del Libro, que resulta determinante para la pervivencia y multiplicación de las librerías.

Ni los escritores burócratas ni los burócratas duros por muy promotores o cultos que presuman ser, han mostrado su postura al respecto, y resulta evidente que les ha faltado el valor y la lucidez para hacerlo. A más de 70 días de la toma del poder de la nueva administración cultural en México que preside Sergio Vela, lo que se observan son balbuceos, declaraciones insignificantes, falta de voluntad política e imaginación. Todavía es tiempo de enmendar este mal comienzo.

En el mismo número de Letras Libres que incluye las reflexiones de Gabriel Zaid, se publica un texto extraordinario de Jorge Herralde: "Las leyes del libro contra el fanatismo del mercado". Para aquellos que en distintos medios han criticado la Ley de Libro en México, resultará una oportunidad para conocer más allá de las consignas oficialistas sobre el tema, la génesis de una medida que arrancó en Francia un cuarto de siglo atrás.

Jorge Herralde recuerda que la propuesta francesa en torno del precio único fue un proceso pleno de dificultades antes de imponerse. Como se sabe, la plataforma conceptual fue considerar al libro como un producto sui géneris, que es lo que más odian los llamados neoliberales y sus vocingleros, además, por supuesto, de los grandes empresarios promonopolistas. La clave de la pugna por sacar adelante aquella ley en Francia y en otros países ha sido la fuerza de los gremios involucrados y la eficiente gestoría de los políticos comprometidos con el asunto.

Esta semana, el Presidente Felipe Calderón Hinojosa realizó un acto en una escuela y expresó su confianza en la lectura como un instrumento fundamental para el desarrollo de las personas. Y aprovechó la ocasión para leer a los alumnos algunos párrafos de una obra de Ángel María Garibay y otros de El principito, de Antoine de Saint-Exupéry.

Se puede pensar que tal acto del presidente actual simboliza una postura opuesta a la de su predecesor, y por lo demás algo muy estimulante, que sin embargo espera medidas consecuentes en lo político y lo económico. La mejor manera de apoyar la vigencia de la lectura y el valor de los libros sería que el Presidente Calderón Hinojosa se comprometa a que la Ley del Libro y su propuesta del precio único se recupere y salga del limbo en el que ahora parece estar. Sería una señal inequívoca de que los tiempos en verdad comienzan a cambiar.



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Haga clic aquí para leer el artículo de Ricardo Nudelman en Reforma (28 de junio, 2008).
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