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Una página en defensa de la Ley del Libro Marcelo Uribe ¿Por qué defender las librerías? ¿Qué caso tiene preocuparse por un pequeño establecimiento que ofrece libros, si hay otros canales más grandes, más ricos y con economías de escala más poderosas? Porque si dejamos que el libro pase a la tienda de departamentos y abandone en definitiva la librería nos enfrentaremos al siguiente panorama: la tienda enormemente poderosa sólo venderá los libros de "mayor rotación" y la cultura no está conformada por los libros de mayor rotación (ni Aristóteles, ni San Agustín, ni Samuel Beckett caen dentro de esa categoría, ninguno de ellos es rentable). Las tiendas poderosas que no se dedican con preponderancia al libro podrán ofrecer unos cuantos cientos de títulos distintos, pero la cultura está hecha de cientos de miles de títulos distintos. Cada año se publican aproximadamente 80 mil títulos distintos en español. No hay una tienda departamental ni ninguna cadena de librerías capaz de albergar esa riqueza, esa diversidad, ese universo de pensamiento y de palabras. Sólo una cadena diversa, variada, concentrada en la calidad del servicio y la amplitud de su selección puede ofrecerle al lector (es tiempo de hablar del lector y no del consumidor) esa amplísima gama de libros. Si permitimos que el libro se concentre exclusivamente en el supermercado, se eliminará la competencia, no sólo de la casi infinita variedad del pensamiento, la ciencia y la creación, sino de la producción. No se trata de expulsar el libro de ningún lado, ni del súper, ni de la tienda departamental, ni de la farmacia; en todos lados tiene que ser bienvenido. Se trata de empujar su presencia en ámbitos especializados por el bien y la salud informativa, intelectual, democrática y cultural de la sociedad. El libro concentrado en lugares de oferta limitada a "lo que se vende rápido" elimina su diversidad connatural y lo encarece. Para que el vastísimo conjunto de libros que existe encuentre sus lectores, se precisa indispensablemente de una competencia cualitativa en contenidos, en especialización, en servicio capacitado, en posibilidades para obtener cualquier título. Quienes viven en la provincia mexicana (y son la mayoría de los mexicanos, es triste que se tenga que insistir en que a ellos se dirige esta ley, a la mayoría de los mexicanos) saben a ciencia cierta y en carne propia, que el libro no es algo accesible en sus comunidades. Los legisladores de provincia lo saben también sin lugar a dudas. Buscar un libro (mexicano o extranjero) en provincia es una afán que conduce a una derrota de entrada y que termina siempre con un "encargo" al Distrito Federal que no es fácil de cumplir. La única manera que el mercado del libro en el mundo ha encontrado para revertir esta situación endémica es sentar las bases para una distribución más democrática a través del precio único que ha terminado con los monopolios, que ha diversificado el mercado, que ha facilitado el acceso sin privilegios geográficos y que ha tendido a mantener los precios bajo control por dos razones principales, pero no únicas: al incrementarse el número de títulos en el mercado, se incrementa la competencia, lo cual mantiene los precios bajo control para todos; y al aumentar el número de puntos de venta, se aumentan los tirajes y el precio por ejemplar baja (y baja para todos por igual). Ésas son las verdaderas reglas del mercado y no los dogmas inquisitoriales de la Comisión Federal de Competencia (Cofeco), que parece tener los ojos vendados. La situación actual de precios inflados para todos, escasa oferta, poquísimas librerías y descuentos para unos cuantos es uno de los peores mundos posibles (la Cofeco nos quiere engañar -esa es la palabra lamentablemente- al decirnos que todo está bien, que no hay nada que hacer, y somos muchos los que sabemos que en esto no tiene razón). El empobrecimiento cultural de nuestro país es patente: según distintas estimaciones de la Unesco y de la Asociación de Libreros Mexicanos, han cerrado tres o cuatro de cada 10 librerías en los últimos 10 años, el precio de los libros se ha ido por encima de la inflación, la mitad de los estados tiene dos o menos librerías, 94% de los municipios no tiene ninguna, el Distrito Federal concentra 40% de la oferta librera y tenemos el peor índice de librerías per cápita de América y Europa, al menos. Para darnos una idea, Argentina tiene una librería por cada 15 mil habitantes, España más o menos lo mismo, Alemania, más o menos igual. Y nosotros, según como se cuente, tenemos una cada 250 mil o cada 300 mil. Y la Cofeco dice que todo está bien. Una de tres, o son deshonestos, o son incompetentes e irresponsables, o su dogma-doctrina no se aplica al libro. En todo caso, el presidente Fox no pudo asesorarse con alguien peor. Luego de haberse logrado un difícil consenso de numerosos grupos y asociaciones representativas del libro desde el autor y el productor, hasta el lector, un consenso de los tres partidos (tan necesario hoy), de promotores de lectura, de ferias de libro, etcétera, Fox decidió escuchar a unos cuantos de los más ignorantes sobre el tema. Esperemos que el nuevo Congreso tenga la sensibilidad, la inteligencia y la valentía para revertir este veto que tanto daño hará a la sociedad y a la democracia si se mantiene. |
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