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Fox contra el libro Juan Villoro El presidente Fox tiene un peculiar sentido de la unidad. Como se le pueden imaginar profesiones ajenas a su cargo, lo veo como un taquero que filetea una penca de pastor y piensa que los trozos de carne siguen unidos porque cayeron juntos a la tortilla. Fox fragmenta la realidad en la que mete su cuchillo. La prueba más reciente es el veto a la Ley de Fomento para la Lectura y el Libro que había sido aprobada por unanimidad en el Senado. En los crispados tiempos que corren, el hecho de que los legisladores se pongan de acuerdo en algo representa un récord invaluable. Si el Senado apoyara por unanimidad el betabel yo comería con gusto esa odiada planta (y en mi expansivo entusiasmo democrático le agregaría rabanitos). Pero justo cuando parecía que la agraviada República tendría al menos un acuerdo, el Presidente dijo nanay. ¿Qué es lo que está en juego? La subsistencia de la cultura de la letra. Nada más y nada menos. La ley vetada recoge las experiencias de Francia, Alemania, España y Dinamarca, donde los precios de los libros han estado por debajo de la inflación y donde se ha favorecido a las librerías y la industria editorial en su conjunto. La estrategia básica consiste en establecer un precio fijo para cada título. Si un libro cuesta lo mismo en todas partes el cliente decide dónde lo compra. Los descuentos pueden ser atractivos, pero sólo a corto plazo y para títulos selectivos; no obedecen a principios de calidad, sino a acuerdos entre supermercados y megaconsorcios editoriales. Abandonados al salvajismo de la oferta y la demanda, muy pocos libros se ven beneficiados con precios bajos. Los grandes almacenes no pretenden ser librerías: ofrecen unos cuantos títulos que consideran comerciales. No disminuyen los precios de las muchas cosas que pueden ser leídas, sino de aquellas que de por sí se venden: los libros de texto y los best-sellers. Esto afecta en forma directa a las librerías; les arrebata la venta asegurada y las obliga a proteger su negocio elevando los precios de los otros libros. El precio fijo busca ofrecer el precio más bajo posible en todas partes. El asunto ha sido estudiado en detalle por los especialistas. La Office for National Statistics del Reino Unido y la revista francesa Livres Hebdo analizaron las consecuencias de suprimir el precio fijo en Inglaterra en 1995. Cinco años después, las ventas generales habían caído estrepitosamente y sólo gozaban de salud los best-sellers. Gracias al precio único, Francia pasó de tener mil librerías a tener 4 mil. En cambio, Inglaterra ha perdido 400 y Finlandia, que tampoco tiene precio fijo, 300. El tema es aún más grave en México, donde los libros parecen tener denominación de origen: si el tequila es de Jalisco, la mayoría de los libros se venden en el sur del Distrito Federal. En el 94 por ciento de los municipios del país no hay librerías. La única forma de que prosperen es garantizarles una competencia equitativa. Pero no sólo estamos ante una situación de mercado sino ante las opciones educativas y culturales que deseamos para el país. La ley que aprobó el Senado protege a los libreros, a la inmensa mayoría de los editores y a los autores que no escriben best-sellers (el 99 por ciento de la comunidad científica y humanística). Por desgracia, después de proponer un "país de lectores", Fox atendió a la frase: "¿Vas al súper o a la Comer?" La batalla a favor del precio fijo se ganó hace poco en España. Uno de sus paladines fue Jorge Herralde, director de Anagrama. A propósito del tema escribió: "Hay que luchar de nuevo por las verdades evidentes, contra la desinformación militante, contra una demagogia tan hinchada como endeble". También en México tenemos una "desinformación militante". Al recibir el premio de la Fundación México Unido, el novelista y editor Alberto Ruy Sánchez encaró al Presidente, y con claridad y presencia de ánimo explicó que la Comisión Federal de Competencia lo había malinformado. Al oponerse al precio fijo, Fox se opone a los libreros, los organizadores de ferias, los editores, los promotores de la lectura y al Senado. ¿Tiene caso que la sociedad se ponga de acuerdo para ser desoída? Ante el reclamo de Ruy Sánchez, Fox se limitó a decir: "El veto se sostiene". Luego celebró que en México hubiera libertad de expresión. Una respuesta tan grotesca como decir: "Dense de santos que no los censuro, chiquillos: digan lo que quieran, que al cabo ni los oigo". Se ha recordado mucho la equivocación del Presidente al pronunciar el nombre de Borges en el congreso de la Academia de la Lengua. Algunos políticos conservadores juzgan que se exagera en el tema: si las estadísticas están sanas, ¿para qué andar con tiquismiquis? La verdad es que el error del Presidente interesó a la comunidad porque revela algo de fondo. Todos los que escribimos estamos sujetos a equivocaciones y no es raro que un hombre público se confunda al leer lo que le escriben. En diciembre del año pasado asistí a la entrega del Premio Cervantes en Alcalá de Henares. En su discurso, el rey Juan Carlos dijo "Manuel" de Cervantes. ¿Hubo escándalo al respecto? Por supuesto que no. Sin posar de hombre de letras, el rey ha sido un eficaz defensor de la cultura y es obvio que conoce el nombre de Cervantes. Como todos, tiene derecho al cansancio y a la distracción. Fox también tiene estos derechos y los ejerce a plenitud. La metida de pata al hablar de "José Luis Borgues" cobró relieve porque confirma la forma en que se desentiende de la cultura. "¿Qué hay en un nombre?", se preguntó Shakespeare. El nombre de Borges significa "libros", "educación", "discusión", "entendimiento". Durante muchos años, el renovador de la literatura trabajó en una biblioteca de Buenos Aires ubicada, ni más ni menos, que en la calle México. Honrar su nombre es honrar el nuestro. |
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