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Discurso de Alberto Ruy Sánchez durante la ceremonia de promulgación de la Ley de Fomento a la Lectura y el Libro

Señor Presidente, señora Secretaria, señores del presídium, señoras y señores del presídium, compañeros del gremio editorial, amigos de diferentes ámbitos, amantes del libro y de la lectura:

Durante más de 20 años hemos luchado por frenar el deterioro acelerado de la situación del libro en México, y en ocasiones hemos logrado que se desechen algunas iniciativas graves, como aquel célebre paquete fiscal del 2000 que hubiera hecho desaparecer a todas las editoriales mexicanas independientes y pequeñas en tres meses.

Pero hemos gastado enormes energías en defender al libro y a los lectores mexicanos de medidas altamente corrosivas, en vez de dedicarnos a lograr que México no perdiera, como lo ha hecho, la situación altamente competitiva que tenía en la industria editorial internacional hace tres décadas.

Hemos perdido esa competitividad y también hemos dejado que se deteriore gravemente el mercado interno, la diversidad de la oferta y la existencia de librerías; es decir, hemos dejado que las condiciones y posibilidades de la lectura disminuyan al violentar la vida del libro.
La ley que hoy se promulga es de una importancia enorme, entre otras cosas, porque es la primera vez que se levanta, de verdad, la cabeza y se propone, no sólo programas para desacelerar el deterioro sino avanzar, de verdad, en la salud y fortaleza del libro y de la lectura.

Éste será un momento histórico, más importante todavía, si logramos que conjuntando las voluntades grandes y pequeñas, increíblemente diversas que han permitido esta promulgación, la hagamos productiva.

Esta ley no es una meta, como muy bien lo explicó Juan Arzoz, pero es una condición indispensable y esperamos que sea el inicio de una política estatal que considere al libro como objeto de primer interés nacional, a la vez cultural y económico.

Lo ha hecho claramente España, por ejemplo. El libro es su cuarto producto de exportación, y es una economía pujante. Y lo es impulsado por una poderosa política fiscal que favorece las exportaciones de libros y las hace más competitivas que todos nosotros en todos los mercados.

Y hoy en día el mercado del libro en español está en sus manos, aunque mayoritariamente se sitúa en nuestro continente, incluyendo toda Norteamérica, donde debería ser prioridad de México que nuestra lengua tenga los libros que necesita para seguir viva.

Y la presencia fuerte del libro mexicano ahí, múltiple, privado y oficial debería ser parte de nuestra política exterior.

Esta ley es necesariamente perfectible, será indispensable la misma voluntad y lucidez que hoy la promulgan para perfeccionarla y hacerla, de verdad, más útil.

Es también una ley que debe servir para mejorar, dar continuidad y hacer crecer algunos excelentes programas anteriores, como el excepcional de las bibliotecas escolares y de aula que en los últimos dos años ha disminuido notablemente y que no debe desaparecer aunque parece que esa fuera la tendencia.

Entre sus profundos aciertos está el hecho de que siendo, sobre todo, una ley de fomento a la lectura por primera vez considere su raíz, la letra impresa y el libro, y se atreva a mirar de frente su enorme poder espiritual, pero a la vez su enorme fragilidad material.

Porque el libro es una paradoja viva, es un ser anfibio, es un fetiche y un producto, un objeto artesanal e industrial, fuerte y débil al mismo tiempo.

El libro es muy antiguo y muy moderno, y esta ley está hecha para mirar por primera vez a su futuro. Pocos saben que en el 2003 las grandes compañías de computación concluyeron, después de un lustro de experimentación con libros electrónicos, que el libro de bolsillo impreso sigue siendo el mayor avance tecnológico que existe en la materia y que tenían que reorientar, desde entonces, sus diseños de e-Book por lo menos a igualarlo, y esa ha sido la tendencia.

Ahora las pantallas tratan de parecer papel, las pilas tratan de durar más. Esa hipermodernidad del libro va acompañada de una cualidad atípica de su comercio. Su economía tiene rasgos de la economía tradicional que los antropólogos llaman del potlatch es decir, del exceso que parece irracional, pero que a mediano plazo económicamente y a corto plazo en términos sociales es muy racional. Ese exceso es necesario en los bienes sociales simbólicos que crean formas de reciprocidad y por lo tanto vínculos sociales.

Es algo complejo de explicar, pero que habrá que hacer que se entiendan más cada vez.
Encontrar los libros que uno no sabía que existían, pero que le dan sentido a la vida, que ayudan a vivirla, es algo que rehace la red social, no sólo enriquece espiritualmente al individuo.

Por eso, el historiador de la lectura Alberto Manguel sostiene categóricamente a favor de ese exceso y en contra de algunos economistas que se consideran modernos que quienes piensan que leer es menos importante que comer están aceptando una degradación del ser humano.

De esta complejidad moderna y tradicional señalemos tan sólo, por lo pronto, que gracias a ella el mercado del libro tiene una dinámica y una racionalidad atípicas que requieren el exceso, como decía, aparentemente irracional de la oferta sobre la demanda.

La industria del libro es una industria de la oferta más que de la demanda. Y esa oferta se da en unos centros culturales que llamamos librerías, que son mucho más complejos que un simple punto de venta.

Y que para hacerlo requieren una enorme diversidad de títulos inimaginable en cualquier otro tipo de comercio y muy importante, un tiempo de venta mucho más largo, que permita la cercanía física y azarosa del lector con los libros que no sabía que va a necesitar.
Hechos de miles de palabras que extrañamente nos tocan cuando por azar los abrimos.
Pero si seguimos tratando al libro comercial y fiscalmente, sobre todo, como cualquier otro producto, el libro perderá, entre otras cosas, su diversidad natural y se parecerá a otros productos; tendremos sólo libros salchichas y libros zapatos que serán, malas salchichas y malos zapatos.

Esta ley no toca los problemas fiscales del libro, no podía hacerlo, aunque eso no quiere decir que no deben ser abordados por el Gobierno en una verdadera política de Estado que favorezca al libro.

Pero sí toca algunos de sus más graves problemas comerciales. Esta ley dota a la sociedad de un instrumento, pero es eso, un dispositivo útil que debe ser acompañado de otros instrumentos de diferente naturaleza. De nuevo, no es suficiente pero es indispensable.
Y se trata, no lo olvidemos, de una ley de carácter antimonopólico; tendrá como enemigo, sobre todo, a quienes este tipo de leyes afectan económica y políticamente.

Contiene un dispositivo inventado por lúcidos economistas neoliberales en un momento de conciencia en el que se dan cuenta de su responsabilidad ante las deficiencias más perversas del mercado.

Un dispositivo de precios que ha sido experimentado, siempre con éxito, tanto en países de economías avanzadas y medias, e incluso, alguna similar a la de México.

Cuando se ha interrumpido su uso, como en Inglaterra, ha sido por presiones de muy poderosos monopolios libreros y editoriales. La evidencia nos dice una y otra vez, que este dispositivo fomenta la competencia, pero la fomenta por la calidad y por lo tanto termina saneando al mercado y haciendo que a mediano plazo bajen los precios de los libros.

Esta es una ley a favor del lector y de su acceso a la diversidad cultural de México y del mundo.

Celebremos juntos la acertada promulgación de esta ley tan excepcional, también, por haber sido, como explicó Juan Arzoz, deseada e iniciada hace años en México por un grupo amplio y muy diverso de lectores, escritores, editores, promotores de la lectura, periodistas, luchadores de derechos humanos, investigadores, libreros y maestros.

Un proyecto que recibió el apoyo y la crítica mayoritariamente constructiva de muchas instancias culturales oficiales y privadas. Y recibió la asesoría de promotores de la lectura y hasta expertos en la competencia de los países donde existen leyes similares.

Una iniciativa noble, plural y desinteresada que fue revisada y aprobada, mayoritariamente, por cuatro cámaras de representantes distintas durante dos legislaturas.

Y, finalmente, promulgada hoy por un Gobierno, que por lo visto, y también de manera excepcional en este siglo, sí lee y sí escucha; y que ha estado hoy dispuesto a dar con valor este primer paso decisivo y que seguramente, esperemos, tendrá conciencia de que se necesitan muchos otros.

Este es el comienzo.

Muchas gracias.

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