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Por qué es necesaria una nueva ley

La Ley de Fomento para la Lectura y el Libro es resultado del trabajo conjunto de un grupo plural de personas con reconocidas trayectorias en el ámbito del libro y la lectura en nuestro país, y ha generado un acuerdo ampliamente mayoritario entre editores, libreros, partidos políticos, artistas, escritores e intelectuales de diferentes posturas políticas.
La ley responde a una visión integral de la cadena del libro y la lectura, y pretende establecer las bases fundamentales para la definición de políticas de estado en este campo. No pretende resolver todos los problemas, sino establecer las condiciones jurídicas necesarias para el desarrollo de un país lector y de su correlato intrínseco: un sano mercado de lectores. Por ello, la ley es una totalidad orgánica: suprimir alguna de sus partes sería mermar gravemente su potencial.
En particular, el precio único es una medida concreta que tiene efectos positivos en todo el sistema del libro y la lectura. Justo por eso, podría ayudar a concretar una aspiración transexenal: formar un país de lectores.

Recordemos estos datos oficiales: pese a los cinco mil millones de libros regalados y a pesar de haber pasado, en menos de un siglo, de tener 80 por ciento de analfabetas a tener 92 por ciento de personas capaces de leer, hoy el 94 por ciento de los municipios del país no cuenta con una sola librería. Esto significa en términos prácticos que la inmensa mayoría de los mexicanos sabe leer pero tiene que desplazarse decenas o centenas de kilómetros para allegarse un libro y continuar su formación como lectores, la cual comienza en el aula pero a menudo se trunca al dejar la escuela, porque en México la cultura escrita tiene poca presencia fuera del ámbito escolar. Las encuestas recientes (Encuesta Nacional de LecturaCNCA, 2006 y Encuesta Nacional de Prácticas de LecturaSEP-INEGI, 2006) muestran la fuerte asociación entre lectura y escuela, e incluso reportan la creciente participación de la familia en actos de lectura asociados a la escuela. Por ejemplo, la Encuesta Nacional de Lectura encontró que el 73.2 por ciento de los padres con hijos matriculados en preescolar dice ir a la escuela a leerles a los niños. Asimismo, el 66 por ciento de los niños reporta que alguien (papá, mamá, hermano u otro familiar) les lee en casa, pero la razón más frecuente es para apoyarlos con las tareas escolares.
Los gobiernos mexicanos han expresado una enorme confianza en los libros y la educación. Pero no han logrado incidir para que tengamos un sistema del libro verdaderamente sano. Las muchas medidas e inversiones se vuelven parches y el sistema requiere siempre de respiración artificial, con cuantiosas inversiones que se desvanecen en el aire (Por ejemplo, el Estado invierte más de 400 millones de pesos al año en colecciones de calidad para incrementar los acervos de las bibliotecas escolares y de aula y la mayoría de los niños que se benefician de estos libros no pueden hacerse de una biblioteca personal, entre otras razones por falta de disponibilidad de libros en sus comunidades).
No es económica ni políticamente rentable hablar de crear un país de lectores sin procurar condiciones para multiplicar los encuentros de los ciudadanos con los libros. Y para ello es indispensable cuidar la integridad de la cadena del libro. ¿Cómo se pueden formar lectores si no hay espacios para que las personas los compren? Como en otros tantos ámbitos culturales, la oferta debe generar su demanda.
Cualquiera sabe que sólo para los lectores los libros son una auténtica necesidad. Hay muchos otros que los compran por obligación (cuando no los fotocopian) y dejan de hacerlo cuando la obligación desaparece. Pero todos tenemos la necesidad de conocer, imaginar, reír, comunicarnos, pensar o conmovernos. Formar lectores quiere decir saciar y despertar esas necesidades al mismo tiempo. Ése es el sentido de invertir en un país de lectores.

El precio sin duda es un factor importante en el sistema del libro. Todos los editores lo reconocen. Si se establece un precio demasiado alto, se corre el riesgo de que los libros se queden en el almacén (y de que la ganancia potencial nunca llegue); si es demasiado bajo, el peligro es vender toda la edición y ni siquiera recuperar lo invertido.
De acuerdo con los datos reportados por la Encuesta Nacional de Lectura, sólo para el 14.6 por ciento de los mexicanos el precio de los libros es una de las tres principales razones que le impiden practicar la lectura. Cuando se preguntó por el principal problema que las personas enfrentan para leer, sólo uno de cada diez (9.3 por ciento) dijo que era el económico. Esto no quiere decir que hoy los libros sean baratos ni desde luego que todo aquel que quiere comprar un libro pueda hacerlo.
Más grave es el hecho de que muchos mexicanos no valoran la lectura: según la misma encuesta, a un tercio de la población (30.4 por ciento) no le gusta y una quinta parte (19.1) prefiere otra actividad.
Pero el precio no es el único factor determinante para formar lectores. Mucha gente con dinero no compra libros, mientras otros están dispuestos a pagar más de lo razonable por acercarse a tal o cual obra. Y eso es sencillamente porque la gente que valora los libros está dispuesta a pagar por ellos.
De ahí que el primer objetivo sea justamente hacer que haya más gente que los valore. Es decir, facilitar que haya cada vez más verdaderas experiencias de lectura en ámbitos propicios para progresar desde ella. No hay ninguna receta mágica para lograrlo. Pero los especialistas coinciden en algunas condiciones: una oferta variada a precios asequibles y alguien que la presente.El precio único estimula que esto suceda de manera integrada.

La experiencia internacional ha demostrado que el precio único es un dispositivo que actúa positivamente en varios sentidos. En principio porque en el largo plazo reduce el precio de todos los libros, no sólo de unos cuantos (los best-sellers). Porque ensancha y diversifica los canales comerciales, multiplicando el número de librerías. Porque impide que el criterio comercial sea el único que rija la producción editorial. Porque obliga a las librerías a competir por la calidad de los servicios y lo adecuado de la oferta.
Sanborns ha hecho mucho por ampliar la difusión del libro. En muchas ciudades son los únicos o mejores puntos de venta, pero también restringe la oferta. Por ejemplo, Sanborns impone que los libros tengan dos años de caducidad; si todas las librerías funcionaran con ese criterio, muchas ediciones de nuestros clásicos habrían terminado por convertirse en papel picado. La duración del tiempo de exposición de los libros es un factor que incide en los costos.
También las tiendas de autoservicio y otros negocios han multiplicado los puntos de venta. Pero su incursión ha debilitado la cadena, pues para estas tiendas los libros son meros ganchos de venta. Pueden llegar a abatir sus márgenes casi a cero y eso no las afecta: sus utilidades provienen de otros productos. Por lo demás, Sanborns y las tiendas de autoservicio apuestan casi sólo por los libros de venta segura.

Desde la perspectiva del consumidor, el precio único tiene efectos positivos en las cuatro principales variables que definen la relación de los consumidores con los libros:
Cercanía con los puntos de venta, puesto que posibilita su multiplicación, a diferencia de la política de descuentos, que tiene un efecto probado de concentración de la oferta en las zonas culturales más favorecidas y en manos de las cadenas de librerías o comerciales más poderosas; Diversidad de la oferta, pues, al alentar la diferenciación de las librerías y puntos de venta, ofrece a la oferta editorial más posibilidades de exposición; Mejores servicios, puesto que alienta la competencia por la calidad y oportunidad del servicio: selección, información, orientación, búsqueda; Mejores precios, pues el lector sabe que siempre encontrará el mejor precio, al tiempo que la inflación de los libros es menor que el índice general, gracias a que los tirajes pueden ser mayores y en consecuencia los costos unitarios de producción pueden abatirse.

Por supuesto, el precio único no es la panacea para crear un país de lectores. Es preciso un esfuerzo múltiple y tenaz, que responda a una visión global del sistema. Y a eso apunta la ley con la creación de un consejo que permita definir de manera consensuada medidas y estrategias a favor del libro. Entre las múltiples medidas que esta ley no contempla y que habrán de ser parte de las tareas del consejo está, por ejemplo, la creación de medidas para facilitar el transporte de ejemplares, el estímulo a la exportación, el aliento a la importación de maquinaria destinada a la producción de libros…
Los libros y la lectura en sí mismos no harán ningún milagro, ni traerán la democracia. Pero un sistema democrático del libro, que reduzca las profundas inequidades en materia de distribución, sí puede hacer mucho por reducir las desigualdades de nuestra sociedad.

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